
Introducción. En el corazón de la isla de São Miguel, en el archipiélago de las Azores, se esconde uno de los paisajes más sobrecogedores del Atlántico: el cráter volcánico de Sete Cidades. Sus colosales dimensiones y el misticismo de sus dos lagos gemelos, uno azul y otro verde, sorprenden a todo aquel que se acerca a descubrirlo. Un lugar donde la geología indómita, las leyendas locales y una exuberante belleza paisajística se dan la mano, convirtiéndose en uno de esos destinos imprescindibles para los amantes del senderismo y la naturaleza en estado puro.
El acceso más habitual es desde la capital, Ponta Delgada, tomando la carretera EN1-1A y desviándose hacia la EN5-2A en dirección a Sete Cidades. La carretera asciende entre hileras de hortensias hasta los miradores principales de la cresta, como el famoso mirador de Vista do Rei o el de Boca do Inferno. Desde estos puntos elevados parten diversos senderos señalizados que permiten descender a pie hasta el mismo pueblo, situado a orillas de los lagos.
⚠️ Aviso de acceso (actualizado 2026): Desde enero de 2026, un tramo final de acceso a Vista do Rei está parcialmente afectado por un desprendimiento de tierra. Sigue siendo posible disfrutar del resto del recorrido y de las otras rutas de la zona, pero conviene informarse del estado del sendero antes de subir, especialmente tras lluvias intensas, ya que el terreno puede volverse inestable.
La zona ofrece rutas para todos los niveles, desde paseos llanos e ideales para familias bordeando el agua, hasta caminatas más exigentes por la cresta del cráter. Eso sí, conviene llevar calzado con buen agarre y ropa impermeable, pues el clima en las Azores es muy cambiante y el terreno de montaña puede estar húmedo. La variedad de senderos hace que sea una excursión perfecta tanto para dar un paseo corto como para dedicarle un día entero de aventura.
El sendero comienza en el icónico Mirador de Vista do Rei, donde las vistas panorámicas de la Lagoa Azul y la Lagoa Verde te dejarán sin aliento desde el primer minuto. La ruta avanza bordeando la cresta oeste del cráter volcánico a través de un camino de tierra rodeado de enormes muros de hortensias (que florecen con un azul vibrante en verano).
A medida que se avanza, el sendero ofrece perspectivas cambiantes del interior de la caldera y, al mismo tiempo, del inmenso océano Atlántico a nuestra izquierda. Tras un descenso pronunciado pero seguro entre la densa vegetación de laurisilva, la ruta nos lleva directamente al interior del tranquilo pueblo de Sete Cidades, el lugar perfecto para descansar junto al agua antes de emprender el camino de regreso.
⚠️ Nota importante de seguridad: Cuidemos el entorno. La belleza de las Azores depende de su conservación. Recuerda que la vegetación de estas islas es extremadamente vulnerable. Está estrictamente prohibido encender fuegos o arrojar colillas. Un pequeño descuido puede provocar un incendio devastador en este ecosistema único. Disfruta de la naturaleza, pero asegúrate de dejar el entorno tal y como lo encontraste.
Visitar Sete Cidades es mucho más que una excursión: es un encuentro con la fuerza de los volcanes y con la paz que inunda este rincón del océano. Asomarse a la cresta del cráter, ver los lagos brillar abajo y respirar el aire puro del Atlántico transmite una sensación de inmensidad difícil de olvidar.
Para mí, ha sido una de esas rutas que recuerdan por qué merece la pena viajar y explorar el mundo: lugares icónicos, magnéticos y al mismo tiempo llenos de serenidad. Si decides acercarte a las Azores, seguro que este paisaje se quedará grabado en tu retina para siempre. 🌿✨








Caminar por el borde de un volcán activo (pero dormido) te hace sentir diminuto. Recuerdo que empecé la ruta con una niebla espesa que apenas me dejaba ver a dos metros, algo muy común en Azores. Pero el clima aquí cambia en un parpadeo. De repente, el viento sopló, la niebla se disipó y el sol iluminó las dos lagunas de colores completamente distintos. Fue un momento mágico. El silencio de la ruta solo se rompía por el sonido de las aves endémicas y el viento. Llegar al fondo del pueblo y tomarme un café portugués frente a la iglesia de San Nicolás fue la recompensa perfecta para un día inolvidable.