Quinto día. Nos levantamos temprano y salimos en dirección a la laguna de la Rinconada. Nuestro refugio está ubicado más o menos en la mitad de la laguna del Quishuar, así que esta vez tenemos que continuar el valle hacia el fondo, donde está la otra laguna (igual de grande y mucho más virgen), la Rinconada. Yo voy por la parte alta de la montaña para hacer fotografías; voy casi sola todo el tiempo, aunque no les pierdo de vista en ningún momento porque mis compañeros se han quedado buscando carnaza (lombrices) para las truchas y luego se han puesto a pescar.
Como ya he dicho antes, hay tramos en que el camino se hace al andar y, siguiendo el camino que hacen los animales, he llegado a la Rinconada un poco cansada, pero al ver que todo es tan abrupto y salvaje, no podía perder tiempo, así que esperé a Míriam, que también llegó cansada. Descansamos diez minutos y yo decidí subir un poco más la montaña para tener más visibilidad del entorno. Aquí tengo grabado uno de los videos más bonitos de la zona, las imágenes que no hacen justicia a esta maravilla de la naturaleza. Una cantidad de afluentes (ríos) que salen de todas partes para dar forma a la laguna. La Rinconada. Por cierto, estamos muy lejos y pisando suelo del Parque Nacional del Río Abiseo.
Comemos y, ya descansados, vamos en busca de otra maravilla. Las Nietas (Laguna Seca) y la parte boscosa de Peña Negra. Nos cuesta mucho subir; está ubicada en un rincón donde solo pueden subir venados (ciervos) y osos. Es una zona inaccesible… vamos buscando el camino que hacen estos animales. La única pega que le pongo a este sitio es que una parte de este paraje está quemada; por lo demás, merece la pena llegar hasta ese sitio, tiene un mirador espectacular, está ubicado en la parte superior de la montaña y al fondo del valle. Es uno de esos «rincones mágicos» que está escondido y con una vegetación que no la encuentras en toda la zona.
El sitio es totalmente virgen, se encuentra en una pequeña plataforma escondida y de difícil acceso; al llegar, nos da la bienvenida una laguna llena de vegetación lacustre rodeada de riachuelos; cae el agua por todas partes en forma de pequeñas cascadas y con la caída del agua se han formado meandros profundos y transparentes dentro de la laguna. Es un sitio tan inaccesible que aquí no hay ni truchas; las cascadas son muy pronunciadas y las truchas no pueden subir por el desnivel del agua. ¡Qué maravilla de lugar! Aquí no existe alteración por parte del hombre ni en el bosque ni en la laguna.
Saliendo ya de este rincón maravilloso, nos encontramos en una plataforma, un mirador con vistas de todo el valle y las lagunas Rinconada y parte de la del Quishuar. El paisaje y las vistas panorámicas son impresionantes, difíciles de describir. Hay tanta emoción, tanto placer y a la vez tanta soledad e inmensidad que por momentos me sentía una intrusa en ese paraje virgen e idílico. Este sitio, al ser de difícil acceso, si acaso ha pasado por aquí algún cazador en busca de venados y poco más.
La vuelta la hacemos por la parte superior de la laguna; de esta manera hacemos la ruta circular rodeando la laguna. El placer del disfrute sigue; ahora, por fin, hemos encontrado una pequeña senda que nos lleva casi al final de la laguna, no sin antes sentarnos un momento a meditar en medio de una inmensidad y una soledad absoluta. Hacemos fotos y videos para luego comenzar el descenso hacia el río que une las dos lagunas. La bajada tiene un desnivel de 400 metros más o menos, pero como íbamos distraídos disfrutando del entorno, fue fácil llegar al río.
Nada más llegar nos ponemos a pescar, con éxito esta vez, para luego cruzar el río. Jesús carga a Panchita para cruzar el río y se caen al agua los dos; Míriam, Flor y yo cruzamos por un puente hecho de 3 palos… toda una aventura. De camino al refugio nos llevamos las vacas; hay que poner el bozal (chiquerear) al ternero para la leche del desayuno. Otra odisea: las vacas no quieren ir con nosotros por el camino (hay mucho barro) y prefieren ir por la orilla de la laguna; hay tramos en que el agua les llega hasta las ubres, pero les da igual. Cada día que pasa voy acumulando cansancio; es mucho el desnivel que hacemos todos los días, pero mi optimismo al final del día siempre es el mismo. Tranquilidad y satisfacción por culminar otro día sin altercados.
Sexto día. Este día nos separamos; Míriam y Flor se quedan en el refugio, Jesús, Panchita y yo subimos por la laguna Contadera con la intención de rodear toda la laguna. Comemos y Panchita regresa a Condormarca acompañada de su perro.
Jesús y yo continuamos la subida y nos dirigimos a ver Pampa Hermosa: es otro valle que está dentro del Parque Nacional del Río Abiseo. Subimos a mitad de la montaña (ladera) rodeando la laguna hasta llegar al fondo del valle de Contadera y arriba de la montaña, desde donde se ven los dos valles, lagunas y todas las montañas y el valle de Pampahermosa. Hacemos fotos, hay niebla en las cumbres y el panorama del sitio es magnífico, con una belleza paisajística de flora y fauna imponentes. Fue un día perfecto porque nos acompañó el sol casi todo el día.
Comenzamos el regreso y lo hicimos en forma circular para poder visualizar la parte contraria de la montaña y de la laguna Contadera. En el trayecto de la ladera llegamos a una zona rocosa y nos encontramos vizcachas tomando el sol (son roedores muy difíciles de localizar, tienen un pequeño parecido a una liebre). Jesús las quiso matar, pero, por suerte, ¡la escopeta no funcionaba! Se había pasado 4 días cargando una escopeta estropeada. Después de fotografiar y grabar las vizcachas, continuamos rodeando la laguna. ¡¡¡Qué maravilla!!! Ese día llegamos nuevamente a los 4500 metros sobre el nivel del mar. Unas vistas panorámicas impresionantes: desde el “Cerro Contadera” volvemos a tener debajo de nosotros las tres lagunas; detrás está la laguna Contadera y delante una panorámica de las Lagunas Quishuar y Rinconada. Sin temor a equivocarme, diría que este es uno de los mejores miradores de las lagunas del Quishuar.
Un día duro, sobre todo para las rodillas, porque ahora toca bajar un desnivel de casi 700 metros. Llegamos casi de noche y yo muy pero muy cansada y a la vez exhausta de tanta belleza. Esta ruta es casi toda de miradores, todo un regalo para la retina y las imágenes.
Séptimo día. Hoy es nuestro último día; nos levantamos muy pronto y comenzamos nuestra última ruta y siento en el alma no poder quedarme un par de días más. Falta recorrer el valle de Tragaplata, que también es grande, bonito y tiene muchas lagunas; no obstante, aprovecharé para verlas desde lo alto. Hoy recorreremos las lagunas: Belacho, las Piezadas, las Ancadas y a lo lejos veremos las lagunas del valle Tragaplata, Barrosa, Jerga, Capadora y Toro. Comenzamos a caminar por el lado izquierdo de la laguna de Quishuar y llegamos nuevamente al río que une las dos lagunas: Quishuar y Rinconada, cruzamos el río y empezamos a subir la montaña. Poco a poco fuimos ascendiendo hasta llegar a la primera laguna de nombre Belacho. Tranquila, amplia, transparente… casi circular y con mucha vida animal (patos, aves que desconocemos, truchas…).
Antes de seguir subiendo, cogemos un pequeño desvío para dirigirnos a ver el valle de los Chochos. Este valle hace frontera con el Parque Nacional del Río Abiseo y desde lo alto podemos disfrutar de esta maravilla de valle con el río haciendo hermosos meandros. Cuanto más profundizamos en la montaña, más virgen está todo. Seguimos ascendiendo; ahora nos dirigimos hacia la montaña más alta del Quishuar. En pleno ascenso nos encontramos con otras dos lagunas enclavadas en plena altura. Están casi juntas, de ahí el nombre de las Piezadas.
Las lagunas recogen el agua de la montaña alta y se alimentan la una de la otra; ¡son tan naturales, místicas y tan acogedoras! Que no quería irme de ese rincón mágico. Según Jesús (guía), esta zona es desconocida incluso por la gente de la zona. Las lagunas no se ven de lejos, están en una plataforma ya arriba de la montaña. Aquí, al no haber bosque, no vemos aves en las lagunas; lo que sí comenzamos a ver en la zona son pajonales que, por suerte, en esta zona no están quemados y miden metro y medio más o menos. Continuamos subiendo a la cima de la montaña para pasar al otro lado del cerro (detrás) y ver el valle de Tragaplata.
La subida es dura, ya no hay camino; seguimos a Jesús, que nos lleva por la senda de los osos, encuentra rastro de un oso que va delante de nosotros. Nos embarga la emoción y nos olvidamos de que hemos pasado los 4500 metros de altura. Esta zona, al estar en la parte alta de la laguna, pertenece a Patáz y es un lugar muy desolado y virgen. La vegetación de esta montaña es autóctona (orquídeas, flores muy peculiares, valeriana (una variedad distinta; dicen que su infusión es alucinógena), una especie de cactus en miniatura (8 a 10 centímetros aproximadamente), mucho pajonal y viento. Tengo que decir que al llegar a la cima miré a mi alrededor y le di a mis ojos el mejor regalo del viaje. ¡¡¡Qué pasada!!! 360°, el mejor mirador que he visto hasta ahora. Ríos, quebradas, cascadas, valles, lagunas… todo de un solo golpe de vista.
Seguimos la ruta y ya en el otro valle comenzamos a descender; lo primero que vemos a lo lejos es el río Marañón. Comenzamos a descender y nos encontramos con dos lagunas con una forma muy peculiar. Después de una dura bajada, llegamos a una zona llana donde acababa de comer el oso. Jesús empezó a seguirlo, pero no encontró nada. Continuamos bajando y nos vamos acercando a las lagunas que se llaman las Ancadas. Están a distinto nivel: La primera está justo debajo de una peña negra inmensa, recoge el agua de la peña en forma de manto blanco y la otra está a 50 metros más abajo recogiendo el agua en forma de cascada de la primera laguna. Rincones mágicos como estos ninguna descripción les hace justicia. Me preguntaba muchas veces qué he hecho para merecer ver tanta belleza, tanta perfección… ¡¡en medio de una soledad absoluta!!
Después de disfrutar del entorno, es momento de continuar con la ruta; subimos al “Cerro Bola”, el último mirador antes de descender. Este es otro mirador que nos da una perspectiva de todas las lagunas en el valle de Tragaplata: lagunas Capadora, Tragaplata, Jerga, Barrosa, laguna del Toro, y volvemos a ver otro tramo del Camino Inca, que atraviesa las lagunas y continúa con dirección al Gran Pajatén. Momento de fotos, vídeo y de disfrutar del último y mejor mirador de este valle. Girando en círculo, se podía dominar todo el paisaje a nuestro alrededor: montañas de cinco mil y pico metros, ríos, quebradas profundas, amplios valles y, por supuesto, vegetación autóctona.
El tiempo apremia y el descenso es muy pronunciado, así que seguimos la ruta. Hay que bajar hasta llegar a la laguna de Quishuar para terminar cruzando el río y hacer el recorrido circular. Esta fue una ruta dura, la más dura de los 7 días de recorrido por el Quishuar de Agucha, pero sin duda una de las mejores rutas que he hecho. Este viaje lo llevo en mi corazón, mi retina y, por supuesto, en mi memoria.
Octavo día. Nos toca regresar a Condormarca para coger el transporte hacia Trujillo. Fue un viaje agradable, aunque esta vez me tocó a mí caerme de la mula. Por suerte, caí encima de una mata de pajonal que amortiguó el golpe y no me hice daño. Cuando hacemos rutas de único sentido, al volver por el mismo camino, la perspectiva del paisaje es diferente; tal vez por eso disfruté más viajando por el Camino Inca. Con una gratitud infinita a todo lo que me rodeaba por pasar unos días inolvidables en este hermoso, encantador, abrupto y desafiante Quishuar.
2 respuestas
Una narrativa muy detallada para quienes aman el senderismo y estan en busca de lugares tan bellos pero poco conocidos.. Gracias por difundir tan bellos paisajes Peruanos.
Me encantó lindos recuerdos del Quisuar